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{☼} Petitions and more petitions {Gabriel Gilbert}

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-¡Me quieren dejar respirar un momento!- gritó la pelirosada, en mitad de la habitación, era apenas mediodía y ya estaba estresada, las personas entraban y salían de su oficina, y ella lo único que hacía era llenar millones de papeles, si está bien, la pelirosada debía admitir que había dejado pasar el tiempo, y la cantidad de papeles para revisar de cosas de importancia de la aldea, se le habían escapado de las manos, pero ese día parecía que a todos les había dado por ir a visitar para pedirle algo, cosa que ya estaba haciéndola molestar.

-Aka, ¿ya terminaste de revisar esos papeles? - preguntó a su mejor amiga y mano derecha, perteneciente al Clan Hanabi. -¿Cuántos más faltan? No quiero que más nadie entre a la oficina, de vedad...¡estoy a punto de empezar a quemar todo para que desaparezca!- gritó la pelirosada, leyendo rápidamente unas hojas y observando cómo su amiga, traía más papeles para revisar.  -¡¿Quién te manda a dejar los papeles de lado?! - contestó su amiga peliroja, a lo que Akari solo respondió con un gruñido bajo, mientras sellaba otros papeles y firmaba otros. Para la Saisho del Fuego, el tiempo al parecer pasaba muy rápido y los papeles de por lo mínimo dos meses se encontraban en esa oficina, y si no los leía todos lo más seguro es que se cancelara algún viaje de importancia para la importación o exportación del país, y eso era algo que no se podía permitir.

Así fueron pasando las horas, hasta que se hizo de tarde el sol ya estaba "ocultándose", aunque técnicamente eso nunca pasaba en la aldea, la pelirosada estaba cansada de leer papeles, aunque en ese momento ya estaba terminando de firmar el último "bulto" y ella no se despegaría de esa silla hasta que no terminara con el último documento. -Será mejor que ya se vayan, chicos. Yo ya voy a terminar, así que pueden irse. ¡Gracias por ayudar! - ordenó y agradeció la pelirosada, y minutos más tarde la oficina quedaba en completo silencio, Akari por fin se encontraba en paz, leyendo los últimos papeles para poder terminar con su larga tarea del día.

-¡Terminee!¡Qué felicidad!- exclamó contenta 45 minutos después, los últimos papeles habían sido los más largos y fastidiosos, y también lo de mayor importancia, por lo que obviamente había tenido que dedicarle más tiempo que lo que le había costado firmar los anteriores. La pelirosada se encontraba observando por la ventana de su oficina la puesta del sol, ese día había querido ir al Volcán Solar, pero por la cantidad de papeles había sido imposible, ni ella misma en realidad entendía la razón porque siempre apreciaba el tiempo que pasaba en el volcán, ya que si hacías una visita a su pasado, la pelirosada había muerto en ese lugar, si sus hermanos Anaketsu y Nozomi, no hubiesen aparecido preparados para desestabilizar el mundo.


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Akari Haruki
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" Tock, tock, tock, tock" las botas del emparchado resonaban en todo el pasillo a pesar de que no había más oídos que pudiesen oírlo a partir de los suyos. Al parecer la Saisho del Fuego no deseaba protección y por lo tanto no tenía a esos grandullones guardaespaldas que suele llevar la gente importante. Quizás se veía bastante capacitada en defensa propia. Fuese verdad o no, eso le daba mayor seguridad hacia él mismo pues que un par de cíclopes gigantes le estuviesen mirando le transmitía intimidación. Aunque igual de lo que se trataba era tan sólo de que no había nadie en aquel lugar. Primero había que comprobarlo.

Era un lugar bastante elegante, bueno, a comparación de su casa era toda un guarida construida en oro. Después de 200 años y no a podido conseguir una casa aceptable, digamos que tan sólo tuvo que apropiarse de una casa abandonada. En el primer paso hacia aquel pasillo había quedado observando cada detalle del pasillo con atención, incluso se detuvo al observar la estancia, impresionado por el lujo innesperado pues sinceramente, se había esperado ríos de lava, decoraciones de fuego y suelo de roca volcánica e incluso de lava. Por eso al principio había observado una figura cristalina de dos llamas de fuego entrelazándose que era un trofeo al parecer pues se encontraba en una urna y bueno, parecía caro y le daría un toque estético a su salón. Ni siquiera tuvo que ser disimulado, eso de no tener guardaespaldas podía beneficiar bastante a alguien como Gabriel. Así que sólo tuvo que dar unos golpecitos silenciosos al cristal y ¡voulá!, ahora estaba en su mochila.

Parecía bastante decidido a pesar de que lo que iba a pedir ya se lo habían rechazado cientos de veces en sólo una pequeña parte de su vida; y no por la Saisho pues nunca le habían dejando encontrarse cara a cara con ella, sino por sus ayudantes, consejeros o lo que quiera que fueran. ¿Y por qué? Simplemente porque era un híbrido medio-demonio que no deberían dejar viajar de aldea en aldea ya que la gente temía porque podía causar estragos, blah, blah, blah... ¡Sólo quería salir de aquella Aldea! ¿Tanto era pedir? También era medio-humano, ¿no? Supuestamente suelen darle más importancia a su sangre demoníaca, siempre había sido así.

Un, dos, tres, un, dos... cada paso del joven era algo más largos y cercano a la puerta, eso creaba euforia al chico de cabellos llameantes pues aún quedaba pensativo en cómo entrar en aquella oficina. ¿Tenía que ser un elegante caballero o estaría suficientemente bien entrar como solía hacerlo? Era la primera vez que se encontrarían con la Saisho y claramente debería ser delicada para pedirle una petición tantas veces rechazada. Aunque quizás no fue lo suficientemente delicado al entrar, pues pareció que al llegar sus pasos a la puerta una confianza le abrumó haciendo dar una entrada bastante poco elegante y nada delicada. Quizás no debería haber sido así.

Agarró los pomos de las dos puertas de una altura indeterminada pero claramente enormes, y las empujó abriendo sus brazos con brusquedad para que con ellas se abriesen las puertas de una manera casi violenta.—¡Buenas, señora!—saludó con una gran sonrisa mientras sostenía aún las puertas. Dirigió su mirada hacia la Saisho por primera vez y la sonrisa se esfumó, abriendo los ojos de sorpresa—Digo... Señorita.—se excusó con ningún tipo de agilidad. ¿Cómo alguien de 200.000 años podía conservarse tan bien? Debería haberse informado antes un poco. Tensó los labios antes de aclarar su garganta y dejar los pomos de la puerta en libertad de sus manos. Comenzó a avanzar con una leve sonrisa por la sala mientras mantenía su brazo tras la parte baja de su espalda—Ejeem... Tengo una petición para usted, pelirrosada llameante—informó con ningún tipo de educación para estar dirigiéndose a alguien con, digamos, poder. ¿No vas a dejar los ridículos motes ni siquiera ante la Saisho? preguntó su subconsciente y él mismo contestó con un monosílabo negativo. Cuando llegó a su escritorio, apoyó sus manos en la mesa inclinándose hacia delante y aclaró su petición.—Siento mi descortesía—se excusó nuevamente y se inclinó un poco más hacia delante— Quiero salir de ésta Aldea
Gabriel Gilbert
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El atardecer de ese día había sido precioso, la pelirosada se encontraba observándolo desde su oficina, normalmente se iba a algún lugar lejos de la aldea para apreciarlo mejor, sin embargo ese día no había sido el caso y la pelirosada, definitivamente se había arrepentido de haber dejado los papeles para último minuto por que se estaba perdiendo de una excelente vista. La pelirosada en mitad del atardecer y como se encontraba sola en su oficina, decidió quitarse los lazos oscuros de su cabello, por lo que en ese momento se encontraba presente la personalidad "más tierna" de la Saisho. "¿Por qué las cosas tienen que ser tan complicadas?" pensó internamente.

En ese momento, cualquiera que viera a Akari, se preguntaría ¿cómo una niña puede controlar la Aldea?, y es que cuando la pelirosada, se quitaba sus preciados lazos oscuros se convertía en una niña sentimental de 14 años - otra de las facetas de la Saisho -, esta estaba totalmente sumergida en un mar de pensamientos, había terminado todo el papeleo y la pelirosada interna había sentido la necesidad de mostrar esa parte de ella que siempre ocultaba para parecer más "ruda", tener un aspecto dulce a veces molestaba. En realidad Akari se había puesto sentimental ese día, porque había recibido una información bastante impactante de uno de los miembros de los grupos especiales de su aldea, al parecer sus hermanos Nozomi y Anaketsu, se encontraban haciendo estragos del otro lado del mar, ya que habían encontrado a varios demonios muertos a causa de las técnicas más poderosas de ambos, lo de Anaketsu si era bastante normal, siempre había tenido esa personalidad, sin embargo la pelirosada no podía comprender como su hermana Nozomi, había cambiado tan de repente.

Tranquilidad, era la palabra perfecta para describir ese momento, la oficina estaba iluminada por colores naranjas que entraban directamente por la ventana, la electricidad no era tan requerida en la aldea del Fuego, a causa de que el sol no se escondía por completo en esta parte del planeta, para Akari era como una especie de recordatorio de que su padre, el Dios Sol, siempre estaba presente, y eso a veces le hacía molestar, aunque tenía que reconocer que le gustaba mucho la calidez del sol, pero eso se debía a su largo tiempo de estadía en el volcán no a que su padre le hubiera dado la habilidad del fuego. El momento de tranquilidad, fue arruinado por una ruidosa entrada,  Akari no esperaba visitas - si no, la pelirosada jamás se hubiese quitado sus preciados lazos -, a causa de eso la Saisho se sentía desprotegida, porque con está personalidad, para ella todo era bueno. La pelirosada se giró en su silla, solo para escuchar la voz del visitante al otro lado de la oficina modificando el "Señora" por "Señorita", en respuesta, la Saisho solo pudo reírse un poco, se notaba la sorpresa en la cara del visitante al encontrar a una persona con apariencia de una niña, sentada en la oficina del Saisho.

La pelirosada, sin decir ninguna palabra recogió sus lazos de la mesa y se los colocó en la cabeza, formando dos coletas pero dejando gran parte de su cabello suelto; y ahí se notaba el cambio de personalidad, la tierna risa desapareció bruscamente, para dar paso a una Akari totalmente seria, la llamas de su vestido que se encontraban casi extintas a causa de su personalidad, regresaron a la vida como si le hubiesen lanzado gasolina y un fósforo encendido. Con el nuevo cambio de personalidad, la Saisho, escuchó atentamente a cada palabra que decía el híbrido sin demostrar ninguna sorpresa ante la petición del visitante; la pelirosada conocía a cada persona que habitaba en su aldea y claramente tenía una memoria fenomenal, para recordar cada nombre y asimilarlo con cada cara, por eso fácilmente había reconocido al Híbrido, Gabriel, siempre se le había negado la salida de la aldea, aunque no era solamente a él, a todos los híbridos y demonios pertenecientes a alguna aldea se les negaba estar fuera de ellas. ¿La razón? Sencilla, su hermano Anaketsu se encontraba reclutando tropas para acabar con Juno y obviamente a quienes buscaría primero sería a los Demonios e Híbridos, que a pesar de que algunos podían ser bastante buenos, todos en algún momento habían formado parte de la oscuridad y eso los hacía más susceptibles al cambio, por tanto más susceptibles a Anaketsu y a su control, por eso los Saishos habían decidido mantenerlos custodiados para evitar que su hermano malvado, consiguiera más tropas por descuido de los demás. La pelirosada, espero a que el mitad demonio terminara de hablar para responder tranquilamente, -No-.


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Akari Haruki
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La risa agradable que había salido de las comisuras de la Saisho, se cortó secamente cuando se hizo dos coletas nuevamente. ¿Qué acababa de pasar? El pelirrojo arqueó una ceja confundido por el cambio de humor tan repentino. Había oído bastante decir a la gente hablar sobre los coleteros de la Saisho, pero llegó a pensar que a la gente no le quedaba nada más que cotillear, así que se veía desinteresado en meterse en la conversación. Su mirada seria pudo llegarle de forma punzada hasta llegar a sorprenderle. No había llegado conocer a ésta chica, ni siquiera verla, ni siquiera hablar de ella, nada. Casi había sido un misterio que no quería resolver, principalmente porque un rechazo directo de esa chica sería ver como la puerta de salida de la Aldea se cerraba. Una salida imposible, digamos. Quizás se había despertado tan osado como para poder enfrentarse a ella y anunciarle su petición, o quizás tenía prohibido hablar con todas las personas que ya le habían rechazado. ¡Pero por favor! Sólo quería salir, aunque fuese temporalmente. Al menos el hecho deque la Saisho tuviese un aspecto tan infantil le hacía coger una suave confianza. Hasta que por fin la chica separó sus labios para pronunciar uno de los monosílabos más odiados que cualquiera puede oír.

¡Maldita sea! ¿Tan poco deseado era en todas partes? No creía que el ser un híbrido pudiese interferir en ser de una aldea u otra. La reacción instantánea del emparchado fue una expresión en su rostro desilusionada mientras ponía unos ojos incrédulos mirando a la chica. Suspiró bajando la mirada a la mesa hasta que acabó por ponerse erguido nuevamente y rascarse la cabeza pensativo. Muchas veces se había dedicado a hacer gamberradas de adolescentes para que le echasen  de la Aldea, o ser un problema tan grande para conseguir ese mismo fin. Pero nada funcionaba para salir de los terrenos de Fuego. Algunas veces se preguntaba qué pudo hacer su padre para que le echasen, porque quizás pudiese ayudarle a conseguir aquella finalidad. Pero nada, parecía que no iba a poder. Volvió la mirada a la pelirrosada, mirándole con la cabeza gacha.

¡Oh! Por favor, ¿no pueden dejarme salir un rato? ¿Acaso ves que sea una amenaza para alguien?—se quejó de manera un poco infantil para volver a rascarse la cabeza de forma nerviosa. Odiaba comportarse de manera infantil pero se sentía un poco nervioso. Odiaba esa situación. ¿Qué debía hacer? A algo tenía que recurrir, pero ¿los Saishos tenían debilidades? Había oído hablar de una suave adicción por los dulces por parte de la chica que se encontraba delante. Aunque, ¿de algo serviría? Ciertamente aparentaba tan seria que podía anunciar que a la misma le detestaban los dulces. Seria... Había tenido aquellas carcajadas hacia cuestión de segundos y de repente su estado de ánimo había dado una vuelta bastante contradictoria. Y en medio de esa vuelta, habían estado sus coleteros, los cuales hacían aparentar a la chica más o menos joven. Los había cambiado justo en el cambio de personalidad, como una persona bipolar. ¿Se trataría de ello? Bueno, se tratase o no, no estaría mal probar... Bajó su mano de su cabello para adaptarlas a la mesa, apoyándose en tal mueble con una corta sonrisa.

¿Te apetece salir un rato de tu madriguera? Deberías olvidarte un rato de todo el trabajo de ser una Saisho y salir un rato. Estoy seguro de que nunca has comido paletas en compañía.—ante todo, su tono de voz y expresión se mostraron pícaros en todo momento, casi como un adolescente en plena revolución se hormonas. Inclinó la cabeza hacia la derecha con una sonrisa de lado— ¿Qué me dices?—finalizó su intento de embaucarla y sólo quedaba esperar el resultado. Sólo esperaba que su deducción sobre los coleteros fuera cierta y quizás el dulce pudiese hacerle cambiar de personalidad. Probablemente por eso sus coleteros eran un tema de conversación en la Aldea.

Gabriel Gilbert
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Claramente si la pelirosada hubiese mantenido su otra personalidad, posiblemente terminaría aceptando la petición del híbrido, como le decían sus hermanos era "demasiado buena", en esa faceta, sin embargo ella sabía lo peligroso que era dejar salir a un híbrido o a un demonio, y por esa razón no había tenido ningún problema en saber la respuesta a la petición. La pelirosada terminó de organizar los papeles de su escritorio, uno a uno, mientras escuchaba las quejas del pelirojo. -La razón por la que no se te deja salir de la aldea no tiene nada que ver con tu forma de actuar, o si eres una amenaza o no para los demás.- respondió serenamente, mientras continuaba archivando los papeles en distintas carpetas de color.

La pelirosada entendía perfectamente la situación del híbrido, sentirse encerrado en algún lugar definitivamente era una experiencia que no se le deseaba a nadie; a ella le había pasado, y en definitiva el volcán era mucho más pequeño que la propia aldea, y ella - por obvias razones - pensaba que se encontraba en el mismísimo infierno cuando quedó encerrada en el volcán por ordenes de sus "padres", cuando la pelirosada se encontraba en su faceta más sentimental, constantemente pensaba la razón por la que le había ocurrido eso, aunque en ese momento no conocía de la existencia de su melliza, ni del resto de sus hermanos; y que también todos habían pasado por una situación similar.

Archivaba los papeles uno tras otro, cuando escuchó el comentario del híbrido. ¿Después de negarle - otra vez - la salida a la aldea, él quería salir con ella a comer paletas?. Akari moría por las paletas, aunque a sus amigos cercanos, a veces le empalagaba, ella fácilmente podía comerlas todo el día, esa ligera adicción a las paletas, la había causado un humano recién llegado a Juno, el había traído bolsas de paletas por que al parecer eran las favoritas de la tripulación y al darle una a la pelirosada, había sido el fin de dichas bolsas. La pelirosada alzó una ceja en respuesta a la pregunta del híbrido, este se había apoyado en su escritorio y la Saisho no podía salir de su asombro, bien si el pelirojo estaba dispuesto a comprarle las paletas que deseara la pelirosada ¿Quién era ella para impedirlo?. -No sé qué tramas, híbrido -hizo una tranquila pausa, antes de continuar hablando... -Pero, dado que ya terminé con todo el papeleo, supongo que puedo ir contigo- respondió mientras guardaba unos papeles en una carpeta roja y los archivaba en su escritorio, algo no estaba bien en esos documentos por lo que tendría que revisarlos después, -Por cierto, no porque tenga más de cien mil años quiere decir que nunca he comido una paleta en compañía, podré ser mayor que tú pero seguro soy más sociable - comentó mientras se levantaba de su escritorio y caminaba hacía la entrada de su oficina, cuando estuvo al frente de las puertas de su oficina, se giró a ver al híbrido -Se me olvidaba... ¿Puedes hacerme el favor de regresar el objeto que hurtaste? Es un recuerdo de la estrella en la que están sellados mis padres- comentó tranquilamente y siguió su camino por el pasillo. No esperaba que el híbrido se quedara con el pedazo de la roca/estrella; al final era un peligro tocarla ya que había sido extraída de la misma roca la cual representaba el poder del Dios involucrado con la Luz, de eso que tuviera una urna, la misma Akari le había dado esa forma durante sus largas noches en el Volcán Solar, aunque ella misma sabia que sus hermanos también habían hecho lo mismo, era algo que fácilmente podía demostrar de donde habían aparecido.


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Akari Haruki
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